H
ará unos 40 años, obtuve una grata enseñanza de la maestra Graciela González Mendoza. “Figúrate, Fer –dijo Chela–: la otra tarde sucedió algo que me sorprendió. Pregunté a los chamacos ‘¿qué quieren que hagamos hoy?’ Inmediatamente tomó la palabra un chico muy inquieto, de esos que suelen clasificarse de problemáticos. De sopetón, con desparpajo, soltó: ‘nada’.” Hasta ahí el preámbulo de lo que me contó la maestra. Y es que, Chela, durante algún tiempo, por motivos que no vienen a cuento, terminado su trabajo como directora de la escuela Manuel Bartolomé Cossío, se trasladaba para atender un grupo vespertino en una primaria pública en Tlalpan. La sesión de referencia transcurrió en una calurosa primavera, razón poderosa para que un chico –lamento no poder identificarlo por su nombre–, con toda sinceridad, manifestara su inquietud por no hacer nada.
Con todo colmillo, Chela atajó al muchacho: Está bien, fulanito, eso es lo que quieres tú; veamos qué opinan tus compañeros
. Una niña se sumó al nada, y después de ella siguió una retahíla de voces que no dejaron de pronunciarse por no hacer nada. Chela, convencida de que uno de los postulados de Freinet consiste en que la clase se oriente por los intereses de los estudiantes, a quienes hay que darles la palabra, se dio por enterada de que el trabajo de esa tarde iba a estar impregnado por la palabra nada
. La maestra también, cosa a la que estaba acostumbrada, asumió el riesgo –otra de las características de la pedagogía Freinet–; se aventuró a trabajar con los críos en el tema del nada, aunque ni el programa ni el libro de texto lo incluían. Lo que quiero decir es que fue hasta ese momento cuando la maestra, igual que sus niños, supo de qué iba a tratar la sesión. Eso es saber improvisar con buen sentido, a través del tanteo experimental, también propuesta de Freinet.
Chela hizo uso de la pedagogía de la pregunta para abundar en el interés del momento. Anotó en la pizarra la palabra nada
, y, poco a poco, provocó sed en los niños a partir de preguntas sencillas y a la vez profundas, por ejemplo: ¿Qué es nada? ¿Hay alguna diferencia entre hacer nada y no hacer nada? Una niña, amiga del diccionario, ni tarda ni perezosa, puso al descubierto que nada es una palabra
, arribando al terreno de la gramática. ¿Qué más pueden decir
, alentó Chela, busquen expresiones que contengan la palabra nada. Alguien espontáneamente dijo: Como no tengo nada en el bolsillo, no podré comprar nada
. Y una compañera observó: entonces, nada se puede localizar en algún sitio
. Otro agregó: cinco menos cinco igual a cero, o sea nada
, y abrió la puerta a las matemáticas, pues se resolvieron problemas, cuyo resultado fue encaminado a cero, a partir de cantidades, equivalencias, volúmenes y distancias. ¿Y, qué con las ciencias naturales? Más expresiones: nada más faltaba que pasara eso, pobre animalito
, el terremoto no fue nada benigno
, hoy no me duele nada
, la otra noche no dormí casi nada
. Civismo y ética no fueron la excepción: a nada bueno conduce robar y mentir
, antes de nada, voy a jugar
, muchas gracias, de nada
, nada de excusas, dijo mi mamá
, llegó tarde a clase, como si nada
, no está mal descansar, y no hacer nada, después de terminar un trabajo
. De repente, una vocecita llevó la clase al terreno de los deportes: la niña nada en el río
. El asunto de la natación dio mucho tema: inmersión, buceo, mares, albercas, piscinas, campeonatos, trampolines, clavados y demás. Una pequeña afirmó haber escuchado que una persona con mucho dinero nada en la abundancia
. Retornaron a la gramática, esta vez con la conjugación del verbo nadar. Y de nueva cuenta al diccionario: no había por qué desaprovechar la oportunidad para repasar el tema de los sinónimos y los antónimos. Encontraron que la palabra todo
es la opuesta a nada; así como las semejanzas de nada con cero, carencia, inexistencia, vacío y nulo. Con aquello de la duda de hacer nada o no hacer nada, salieron a relucir sinónimos: ocioso, perezoso, holgazán, vago, indolente, inactivo, gandul y haragán. En resumen: riqueza de la palabra nada
y su gran variedad de aplicaciones. El arte no faltó esa tarde, hubo tiempo suficiente para que los estudiantes dibujaran, a todo color, lo que cada quien interpretó como nada
. Entonaron la canción de los 10 perritos, con su célebre final de no me queda nada
. Al día siguiente, un muchacho entró al salón con el libro Nada y así sea, de Oriana Fallaci, que localizó en su casa, y Chela, además, les hizo saber que para Octavio Paz las llamadas malas palabras
no dicen nada y dicen todo
. A lo largo de las tardes siguientes comenzó a circular en la clase un buen número de textos libres alusivos al nada.
La cantidad de aspectos trabajados esa tarde pusieron de manifiesto que, aunque no querían hacer nada, los chamacos se encaminaron a todo lo que pudieron encontrar. El tiempo pasó volando; lo que amenazaba ser una tarde inactiva se transformó en un taller con la participación muy viva y cooperativa de todos. A esa forma de proceder, Freinet la identifica como trabajo dignificante y gozoso. Y trabajar así, no es cosa de poca importancia, no es una nadería; palabra, esta última, que aprendieron las criaturas en esa ocasión.
Coletilla: Célestin Freinet y José de Tapia hubieran estado felices aquella tarde. Deseo buena salud a Chela y la saludo con cariño y reconocimiento. Dedico estas rayas a Iván García Torres.
¡Elevemos la mirada de la educación!
* Profesor en la UNAM
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