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ada día, el trumpismo avanza en diversos frentes. No se detiene. Lo hace demoliendo los viejos paradigmas del libre comercio y los derechos humanos. Lo mismo fija aranceles al acero y al aluminio que a la industria automotriz, abroga los programas de cooperación al desarrollo, deporta a indocumentados venezolanos a cárceles salvadoreñas, combate el wokismo y empuja un nuevo orden mundial basado, como nunca, en la primacía de los intereses estadunidenses y sus valores nacionales.
Se trata, según explica el filósofo ruso cercano al fascismo Alexander Dugin, en el libro La revolución de Trump, de un nuevo orden de grandes potencias que ha pisoteado, derrotado y remplazado al globalismo. Según él, nos encontramos ante un nuevo multilateralismo que nada tiene que ver con el de Rusia, China o el BRICS, sino con una versión más fría, cínica y dura de multilateralismo.
Trump quiere frenar el declive de la manufactura y reindustrializar Estados Unidos (EU) más allá de las ventajas comparativas y el bajo costo de la fuerza de trabajo, trasladar las plantas automotrices a su país y, como ha explicado Yanis Varoufakis, conmocionar a los bancos extranjeros y hacer que reduzcan los tipos de interés nacionales.
Esta avasalladora ofensiva ha provocado que la inestabilidad, el caos, la incertidumbre y la confusión previas, crezcan y adquieran nueva dimensión. El embrollo por la crisis del capital mundial (y la civilización de la modernidad), que arranca con la crisis financiera de 2007-08, y rebota con la recesión de 2020-22 provocada por el covid-19, en el que se condensaba un cúmulo inimaginable de desajustes estructurales del sistema, se ha exacerbado.
La mezcla de confusión e incertidumbre generada por el choque permanente entre, por un lado, el requerimiento de reformar el capitalismo hacia formas más estables y dinámicas, y, por el otro, la compulsión a conservar sin modificar mecanismos obsoletos de extraer ganancias extraordinarias, haciendo a un lado requerimientos demográficos, necesidades tecnocientíficas y conservación ambiental, se han vuelto más desconcertantes.
El trumpismo está decidido a hacer volar por los aires cualquier regulación ambiental contra el uso de combustibles fósiles para controlar el calentamiento global. Mientras, el capital digital de Silicon Valley no ha dudado en aliarse a fondo con el nuevo inquilino de Washington. Grandes empresarios antes enfrentados sobre la forma más adecuada de gestionar el capitalismo, hoy convergen en su apoyo a Trump. Empeñado en hacer de los migrantes un demonio interno al que culpar de todos los males, el nuevo gobierno ha instaurado el reino del terror entre quienes aspiran a vivir el sueño americano.
Simultáneamente avanza en su guerra fría contra China, descobija a la Unión Europea en su aventura en Ucrania, se enoja con Putin, mueve sus fichas para hacerse del control de Groenlandia y el Canal de Panamá, ataca Yemen, escala la agresión contra Venezuela, al tiempo que exacerba el clima de terror dentro de EU contra universidades y activistas pro Palestina y aprieta las tuercas a la prensa tradicional. Sin exagerar, cada vez que Trump lanza una bravata, por más absurda que parezca, sus piezas avanzan en el tablero.
Aunque no ha expresado su deseo de que México se convierta –como ha dicho de Canadá– en el estado 51 de EU –quizás porque no sabría que hacer con los mexicanos–, lo que sucede acá es tratado, cada vez más, como cuestión de política interna estadunidense. Así es, al menos, con la seguridad de la frontera, el fentanilo y los políticos ligados al narcotráfico.
La complejidad y dudas sobre el futuro inmediato de la relación binacional van más allá de los plazos para que entren en vigor los aranceles generales o de la industria automotriz instalada en territorio mexicano, que Trump desea que migre a su país. Su ofensiva rebasa lo económico.
Parte de esta nueva incertidumbre proviene de los choques de hace años entre la 4T y funcionarios que hoy son claves en la administración trumpista. No está claro si estos pulsos quedaron atrás o esperan su momento de cobrarse. Más allá de las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la defensa de la soberanía nacional, generan inestabilidad. Sobresalen dos.
Marco Rubio, hoy secretario de Estado, criticó al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador. Cuando en 2022 el mexicano no fue a la Cumbre de las Américas declaró: Me alegra ver que el presidente mexicano, que ha entregado secciones de su país a los cárteles de la droga […] no estará en Estados Unidos
. López Obrador respondió en una mañanera emplazando a Rubio y al senador Ted Cruz, a presentar pruebas. Los acusó de hablar sobre derechos humanos, pero destinar 40 mil millones de dólares de armas para Ucrania.
Al frente de la Oficina para el Control de Drogas de EU se encuentra Terry Cole, quien fue hasta 2020 jefe regional para México, Canadá y Centroamérica. En 2020, dijo al portal Breitbart News (https://shorturl.at/zmq8j) que en México los cárteles trabajan en todos los niveles de fabricación, transporte y distribución de drogas “mano a mano con altos funcionarios de gobierno […]. Es difícil saber quién es quién a la hora de lidiar con los cárteles, si son policías, militares o funcionarios federales”. En octubre de 2024, afirmó: Vemos cómo México se convierte en campo de entrenamiento para el terrorismo
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El proyecto trumpista de redefinir las fronteras y las reglas de la economía y la política internacional hacen que nuestro futuro inmediato esté atravesado por el caos, inestabilidad, incertidumbre y confusión. Nuestro país no es la excepción.
X: @lhan55
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